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ABARLOAR
Colocar una embarcación al lado de otra, de tal forma que quede en contacto con su costado.
Dedicatoria

De siempre me ha parecido mágico la ayuda proveniente de alguien que te la presta sin intuirlo; aquella que te la está ofreciendo sin saber muy bien lo que está haciendo. Desde el cinco de Diciembre de dos mil once, su mirada; su trato exquisito, así como su tacto, es si cabe más dulce cuando se dirige a mí. Ella ha olido y visto el humo, por mucho que le hayamos dicho que no había fuego.

Y sobre todo, para que ésto te aporte en el futuro una pizca más de sensibilidad de la que ya tienes; para que sepas ofrecer un chaleco salvavidas a cualquier persona que se encuentre en la situación en la que yo me encuentro ahora mismo, pero sobre todo para que sigas interpretando las señales con la misma inteligencia con la que lo haces ahora.

A Irene.

María del Mar Patino Conejo
Febrero de 2.012

En medio del agua

En medio del agua. Así me sentí cuando oí el resultado de la biopsia realizada quince agónicos días atrás. “Positiva”, dijo la doctora. Lo dijo con clara muestra de estar informando, para ella, de un resultado más, y no quiero decir con ello que se mostrara fría, todo lo contrario. Yo lo recibí, supongo que como la mayoría de mis predecesoras, así como de aquellas que vendrán detrás y que aún están ajenas a su naufragio. Y como en casi todo desastre, los acontecimientos suelen ocurrir con demasiada celeridad….

BORNEO
Cambio en la dirección del viento.
Olas del mar
En la consulta del radiólogo

Diecisiete de Noviembre de dos mil once. Yo creía disponer de una nave con buenos aparejos, y con las velas fabricadas del mejor kevlar posible, sin embargo ese mismo día me dí cuenta que no hay embarcación que esté exenta de un naufragio.

La habitación me daba vueltas, y la sensación de irrealidad era absoluta, cuando el radiólogo dijo “Mª del Mar…. ¿para qué voy a engañarte?: a mí este bulto no me gusta… seguiremos el protocolo haciéndote una biopsia. Y la haremos en veinticuatro horas si podemos…”, y algunas cosas más supongo, de las que después fui incapaz de recordar. No llegué a mirar a mi hermano, que en ese momento se encontraba a mi derecha, frente al Doctor Conde. Ahí estaba, cogiéndome la mano. Su voz no cesaba un segundo intentando, (sin éxito obviamente), tranquilizarme y consolarme.

Ahí todo cambió. A partir de ese momento mi cabeza alteró automáticamente el orden de prioridades en la vida de una persona. La preocupación de hacia unas horas por saber cuándo me llamarían de una vez por todas de ese trabajo, se desvaneció para no volver. Simplemente deducía que cabía la posibilidad de que se estuviese acabando todo.

SINGLADURA
Distancia recorrida por el barco en 24 horas de navegación.
Mar
La biopsia, “cuanto antes”, dijeron.

Casi no nos había dado tiempo a la familia a digerir aquello, cuando ya nos encontrábamos, (yo ya me encontraba), frente a las tres personas que iban a encargarse de “extraer las muestras”. Tenía sentimientos encontrados. Por un lado el miedo inherente al dolor físico, que por cierto fue intenso. Y por otro, la sensación indescriptible de estar “a merced” de aquellos desconocidos. Fueron veinte minutos duros, sobre todo porque ni quien te coge la mano, ni quien te la pone en el hombro la conoces de nada. Piensas entonces en aquellos a quien realmente le importas y esperan fuera, ajenos a lo que me están haciendo. El dolor físico al final se queda en nada cuando sales de la consulta preguntándote por qué sendero te enviarán ahora. ¿Dónde estaba la flecha a seguir?. Era fácil “de diez a quince días la llamaremos para darle los resultados”, dijo aquel señor entrado en años, de bata blanca, con claros signos de haber reproducido esa frase cientos de veces. Y la vuelta a casa, una vez más con esa dolorosa y triste incertidumbre que hace que el miedo te recorra varias veces el cuerpo en forma de escalofrío, hasta el límite de sentir que la sensación de terror ya no puede subir de grado.

CERRAZÓN
Oscuridad del cielo cubierto con nubes negras que presagia tormenta.
Cerrazón
Oímos el diagnóstico.

Quizás pequé esos días de confiada. Me consolaba sóla, pensando en comentarios de terceros que decían que “cuando tardaban tanto en llamar era porque no había nada serio..”, y admito que unos días me “relajé”; creo que incluso olvidé a ratos que me había hecho una biopsia, (nada más y nada menos). Los días pasaban, al principio muy lentos, para llegar a los del último fin de semana, que resultaron sencillamente interminables. Intentar definir lo que tu cuerpo siente cuando cruza nuevamente el umbral de la puerta del hospital, supongo que será tan difícil como describir la felicidad de alguien a quien le ha tocado la lotería: uno se lo imagina, pero no lo vive, o lo que es lo mismo, si no se ha pasado por algunas de esas dos situaciones, no puede figurarse siquiera.

Entramos en la consulta para escuchar el laudo.

BUSCANDO
LA GUINDOLA
Salvavidas especial que tiene una linterna de accionamiento automático para permitir su localización cuando se le arroja al agua.
Buscando la guindola
Diagnóstico: cáncer de mama.

En el primer párrafo de este relato lo dejo claro. Era residente, una doctora joven, y que no se anduvo con rodeos. Desde el momento que nos sentamos frente ella, bastaron dos minutos para sentir el abordaje. La embarcación que yo había estado cuidando con tanto mimo durante tanto tiempo, se hundía, eso sí, lentamente. La desesperanza y el horror se apoderaron de mí tan rápidamente como un tsunami tiene la capacidad de engullir un barco de recreo. Y allí permanecía, lanzando mis particulares señales que hicieran que alguien me rescatara de aquella pesadilla. La sensación era de encontrarme ya sin protección, a la deriva, en medio del Océano. Y miré a mi alrededor y no había el menor vestigio de que pudiese salir airosa de aquella situación que la vida me había preparado sin avisarme. Más bien al contrario. Dí por hecho en ese momento que la línea de la vida que se dibuja en la palma de la mano de todos, no debía ser muy prolongada en la mía. “Sólo tengo 38 años”, pensé. Y otra ola de pensamientos invadía mi cabeza cuando hacía una lista de cosas que aún querría haber hecho, y que quizá el destino no me dejara empezar siquiera.

Pasan los días y siento que el agua que el primer día me llegaba al cuello no desciende ni un centímetro. Sigo oyendo voces desde la playa, alentándome para que no baje los brazos; para que no deje de nadar. Y mientras me alientan, pienso que “ellos lo tienen fácil”, porque están a salvo: seguros, comprendiendo al mismo tiempo que no pueden hacer otra cosa más que hacerme señales para que no pierda el rumbo.

Quiero ver tierra firme, sin embargo unas veces porque mi cabeza se sumerge, abatida, debajo del agua, y otras porque los profesionales hablan realmente claro y alto, la realidad es que a estas alturas de la película sólo puedo vivir con la incertidumbre en la puerta de la consulta donde van a decirme cuánto disto a la meta; y de ahí, las posibilidades de llegar a estar fuera; de poder secarme.

COMPÁS MAGNÉTICO
Instrumento que sirve para determinar la dirección en que se navega.
Detalle de compás magnético
Idas y venidas al hospital para ver, (como dice la doctora), “dónde estamos exactamente, para saber concretamente cómo proceder”.

Quiero ver tierra firme, y por consiguiente tratar de no ir a la deriva. Sigo intentando mantenerme a flote, pero no es tarea fácil a veces. Miras alrededor y ves a gente tendiéndome la mano, (personal sanitario, familia, amigos, etc…), pero sabes que para los primeros eres, (y lo digo con el mayor de los respetos), un “once-barra”, y en el caso de los segundos…. ellos seguirían capeando sus “temporales” si yo no consiguiera el objetivo, sencillamente porque así son las reglas del juego. Y aterra.

E intento nadar con más tesón. Hago lo imposible por arrimarme a donde están las otras; las vencedoras. Y sorprendentemente lo veo más próximo; cuando las que te esperan en tierra gritan que han pasado el mismo miedo; que han nadado por aguas de incertidumbre, y lo han conseguido. Han logrado sobrevivir al infortunio.

En este camino nada es fácil. Aludo también al ahogo descomunal cuando la situación obliga además a pasar por un duelo, de una pérdida, claro. Porque mi anatomía ha cambiado, fruto de haber sobrevivido en el camino a un ciclón llamado quirófano. Pero no puedo detenerme en esteticismos; hay que seguir nadando, pensando en conseguir pasar la siguiente baliza. Desconozco el número de ciclos, ni las dosis, ni siquiera qué efecto producirá en mí exactamente lo próximo que consideren oportuno hacerme. Pero como todo lo demás, hay que dejarlo atrás, como sea. ¿La recompensa?: ver la costa más y más cerca.

Positividad, optimismo, alegría. En eso consiste la receta médica del equipo que me trata. Y yo lo intento, y en multitud de ocasiones lo consigo, pero es inevitable pensar que una ola interrumpa mi lucha, que me haga retroceder, o peor, que me lo impida.

Mientras tanto sigo nadando, y ahora dicen que estoy más cerca de conseguirlo; que es accesible…que en mucho depende de mí. Y sé que la marea ayudará o entorpecerá, según cuadre el viento, (lo único que yo no puedo controlar). Que como quiera que esto se mire, los náufragos vienen de recorrer un arduo camino cuando lo cuentan, y pobre del que no pueda narrarlo.

Y ya sólo espero que la corriente siga soplando a mi favor…A favor de todas las que nadamos hacia la playa.


Agradecimientos

Quisiera dedicar este relato a todas aquellas personas que en algún momento de este duro proceso se han preocupado o van a mostrar en el futuro aunque sea un ápice de interés por lo que me está pasando, con expresa mención a algunas muy especiales:

  • A Ana. Por su preocupación todo este tiempo; por sus cuidados en algo que a cualquiera le “viene grande”, así como por su capacidad rápida de adaptación en esta nueva situación.
  • Al personal sanitario de Patología Mamaria del Hospital Puerta del Mar de Cádiz, sin excepción. Personal sanitario y humano. Han conseguido que vea que no somos para ellos/as un “once barra”, sino personas a las que quieren salvarles la vida.
  • A mis dos hermanos. En el caso de ella, y en más de una ocasión, sus ojos rojos, vestigio más que evidente de su preocupación y desasosiego, ha hecho que me dé cuenta de cuánto le importo; de cuánto se desvive por mí y adónde es capaz de llegar con el único propósito de que yo haya esbozado una sonrisa en los momentos más duros.

Sobre el relato
  • Publicado en la Revista “Bahía Sur”, nº 55. Febrero de 2.012 (Revista mensual gratuita)
  • Colgado en la página enfoquecentro.com (Centro de Psicología. Rota)
  • Relato ganador del primer premio del VII Certamen de cuentos y relatos cortos en la modalidad de adultos dado por el C.E.I.P. y AMPA Maestro Eduardo Lobillo. Rota

Comentarios   

#3 Beatriz 09-04-2017 13:51
Buenísimo, enriquecedor, verdadero, esperanzador, bellísima persona
#2 Beatriz 09-04-2017 13:44
Sensibilidad,ve rdad, maravilloso artículo desdesde el más profundo sentimiento de alguien que por razones de la vida ha pasado eso, un enorme aplauso y mi gran enhorabuena, para alguien que es tan maravillosa y me quedo corta,Eres una gran EESCRITORA como la copa de un pino,guapa por fuera y más por dentro, superviviente
#1 Elisa Garrido 14-06-2016 22:11
Hola, María del Mar, hasta hoy no he podido leer tu relato , me ha parecido precioso, unas metáforas muy certeras y los incisos sobre vocabulario relacionado con el mar muy acertados. Felicidades! !!!

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